domingo, 15 de abril de 2018

Casa embrujada

Cuando empezaste a proyectarte sin mí y preguntaste qué hacías con la pieza desmantelada, respondí: "bota todo, ya no me sirve nada". Derechamente estaba volviéndole la espalda a nuestra vieja vida.
Ahora que escapas de la deuda y te vas, todo lo común queda para siempre en manos de nadie, enterrado.

El hilo de la memoria es cada vez más delgado. Aunque no pretendo recordar más, sé que algún día la ausencia volverá terroríficamente a mi vida.

Temo. Te amo. Así como Darín.


lunes, 9 de abril de 2018

Huérfana




Am I jaded
By the notches on my belt
All I know is where I've been
And how it.

So when the memory comes suddenly
Tears come rolling down, babe don't worry
Just remembering
Not everything was better in the past.


La vigilia se vuelve silueta común.
Me codeo con la reminiscencia
mientras doy vueltas y vueltas en la cama
pensando los giros derviches del sema en el dhikir
que nunca vi, que nunca veré.


El espacio de mi fe se fue esfumando en la medida
que se evaporaba tu tacto, tu gesto, tu soplo.
De pronto dejé de creer en dios como dejé de precisar de ti.
Dolió al principio, como es
que nadie es imprescindible.

Nunca tuve problemas con mi ateísmo:
la incredulidad me hizo la vida fácil,
el esfuerzo mínimo por creer transitó
al empeño máximo de contradecir.
El afán de negación
fue durante mucho el motor de búsqueda,
un manojo de preguntas
que no me molesté en contestar.


Y sin embargo, 
entre vórtices vuelve tu imagen
rezando el tasbih,
tocando flauta,
y despierta nuevas turbaciones.


Cuando me negaste volver, acercarme
a entender qué tenía de importante
desde niña resistir a creer,
me negaste una parte de mí.

Y cuando intento recordar,
estás tú ahí
desamparándome,
abandonándome a mi suerte,
dándome la espalda.


No me grites cuando supere la crisis
y logre, por fin, exiliarte del sistema.

domingo, 8 de abril de 2018

Dictomías subterráneas

Soy yo o la vida está entera brígida.

La tarea de crecer repentinamente duele un poco.

Dicotomías subterráneas me patean en la noche cuando las pesadillas de mamá se prolongan como zumbido por toda la casa. Siempre puedo escuchar cómo lloran y protestan. Déjenme dormir.

Recuerdos de patios amplios con nogales, deudas, DICOM y la dolorosa pero dulce (apenas una espinita) soledad de la infancia, narrada entre portazos, silencios y la sensación de jamás ser suficiente (¿para qué?, ¿para quién?).

Algo se está repitiendo, algo que vuelvo a hacer mal. Me deshabito.

Mi miedo a perder el control es más fuerte que mi miedo al mar. Ahogarme en mi propia fosa de las Marianas, turbulenta y violenta como me imagino a mí misma fuera de órbita.

Tengo miedo.
Miedo de perder el miedo.
Miedo de perder.


Soy yo.

domingo, 25 de marzo de 2018

Fracasados

La razón por la que nunca necesité un cepillo de dientes en tu casa fue que siempre llevo el mío dentro del bolso.
Espero ahora lo mires inmaculado en el vaso y entiendas que ese fue tu error.

martes, 9 de enero de 2018

Inventario

Empacar sábanas y almohada: tachado.
Guardar cepillo de dientes: tachado. 
Llamar papá: ocupado (como siempre).
Devolver llaves al Carlos: perdidas.


Embalé hasta la pena, hasta las ganas.

Mi mamá guardó el corazón en una caja (envuelto en diario).
Acto reflejo, lo pensé.
Al final sólo lo metí de mala gana en el bolso de mano.


Eran bastantes más cosas que platos y velas,
tenía gusto a fracaso;
más que a cambio a repliegue,
a rebote
-uno más de los tantos rebotes
por tantas casas, tantas familias,
tantas habitaciones disfuncionales-.

Embalé y se me empolvaron los dedos,
el corazón se cubrió
abultado, pegajoso
como todas las cosas inútiles que uno no necesita y meticulosamente envolvían en diario las manos de mamá cansadas de estar cansadas.
Pegajosas y cansadas.


Y somos extranjeros aquí 
porque el corazón no lo quiere,
está lejos.

Somos extraños 
y las llaves no abren,
los azulejos no calzan,
las plantas no caben,
las vecinas dan portazos.

Y mi mamá me grita me grita me grita
y después llora llora llora
y odia la casa la tortilla la vecina la cocina la corredora la aspiradora y la gata que recogimos hace una hora y acaba de decirme que eche a la calle.
Y yo pensaba (evitando llorar y tratando de ser operativa, adulta-joven funcional, práctica para alguna hueá cuando lo único que siento es que estorbo igual que la bici en medio del pasillo),
pensaba en que es terrible estar sola lejos de casa y perdida 
y que te cierren las puertas,
que de pronto nadie conteste el celular.

Y mi vida no es decorosa, yo no soy decorosa,
lloro con los mocos colgando,
nunca tengo ganas de peinarme
y cada vez que puedo me como lo que pillo en la despensa,
y fumo como en Fear and Lothing in Las Vegas
y me toco las tetas porque parecen dos pomelos hinchados (pre-menstruales)
y porque a veces necesito confirmar que el corazón no se ha desplomado,
que puedo seguir funcionando,
pasando el trapero,
cocinando tortilla (que obligo a mamá a comer),
mirando vecinos,
fumándome la plata,
contando los días para ocuparme,
quebrando cosas,
escuchando Nothing but Thieves,
mirando Tinder,
extrañando a mis hermanos (y no tanto a mi tía),
cortándole el teléfono a mi papá,
llorando en silencio de noche
deseando que la ruleta rusa no llegué otra vez,
que la vida logre ser más justa.


Estoy cansada de estar cansada.

Al final de día necesitamos consuelo

La gravedad nos aplastó,
no teníamos previsto surcar un cielo tan denso como este. 


Pero seguimos aquí
entre polvo y cajas, 
entre trámites y burocracia, 
a puro charchazo con la realidad, 
a puro desplazamiento que emplaza
viejas nostalgias a punto de clausurar.


Me sobrecoge pensar que queda poco de esta vida de scotch y dolores de guata.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Casi martes

Me siguen entrando mensajes al celular, quizás debería apagarlo. Pero reviso igual y contesto (porque no sé no cumplir con lo que esperan de mí) la diversidad de mensajes subidos de tono que me llegan desde que reabrí Tinder hace un par de días. Contesto, pero no estoy caliente; digo que lo estoy, pero la verdad es que estoy tan dispersa el último mes que ni siquiera quiero tirar. Y casi siempre quiero tirar, olvidarme de todo una hora (o siete minutos, a veces), abandonarme.

Por qué cresta siempre tengo tanto material pa' hacerme pajas mentales. Es similar a esas veces en las que una parte arrebatadísima y después de una hora masturbándose, el orgasmo está tan lejos que ya se tiene lista la planificación de la semana. Hago planes para hacer planes, siempre así.

Son las 23:49, es casi martes y siguen llegando los mensajes. Debería dormir, pero sólo puedo concentrarme en el sonido seco de tus tacos por el pasillo. Quería que supieras que te pienso.