martes, 9 de enero de 2018

Inventario

Empacar sábanas y almohada: tachado.
Guardar cepillo de dientes: tachado. 
Llamar papá: ocupado (como siempre).
Devolver llaves al Carlos: perdidas.


Embalé hasta la pena, hasta las ganas.

Mi mamá guardó el corazón en una caja (envuelto en diario).
Acto reflejo, lo pensé.
Al final sólo lo metí de mala gana en el bolso de mano.


Eran bastantes más cosas que platos y velas,
tenía gusto a fracaso;
más que a cambio a repliegue,
a rebote
-uno más de los tantos rebotes
por tantas casas, tantas familias,
tantas habitaciones disfuncionales-.

Embalé y se me empolvaron los dedos,
el corazón se cubrió
abultado, pegajoso
como todas las cosas inútiles que uno no necesita y meticulosamente envolvían en diario las manos de mamá cansadas de estar cansadas.
Pegajosas y cansadas.


Y somos extranjeros aquí 
porque el corazón no lo quiere,
está lejos.

Somos extraños 
y las llaves no abren,
los azulejos no calzan,
las plantas no caben,
las vecinas dan portazos.

Y mi mamá me grita me grita me grita
y después llora llora llora
y odia la casa la tortilla la vecina la cocina la corredora la aspiradora y la gata que recogimos hace una hora y acaba de decirme que eche a la calle.
Y yo pensaba (evitando llorar y tratando de ser operativa, adulta-joven funcional, práctica para alguna hueá cuando lo único que siento es que estorbo igual que la bici en medio del pasillo),
pensaba en que es terrible estar sola lejos de casa y perdida 
y que te cierren las puertas,
que de pronto nadie conteste el celular.

Y mi vida no es decorosa, yo no soy decorosa,
lloro con los mocos colgando,
nunca tengo ganas de peinarme
y cada vez que puedo me como lo que pillo en la despensa,
y fumo como en Fear and Lothing in Las Vegas
y me toco las tetas porque parecen dos pomelos hinchados (pre-menstruales)
y porque a veces necesito confirmar que el corazón no se ha desplomado,
que puedo seguir funcionando,
pasando el trapero,
cocinando tortilla (que obligo a mamá a comer),
mirando vecinos,
fumándome la plata,
contando los días para ocuparme,
quebrando cosas,
escuchando Nothing but Thieves,
mirando Tinder,
extrañando a mis hermanos (y no tanto a mi tía),
cortándole el teléfono a mi papá,
llorando en silencio de noche
deseando que la ruleta rusa no llegué otra vez,
que la vida logre ser más justa.


Estoy cansada de estar cansada.

Al final de día necesitamos consuelo

La gravedad nos aplastó,
no teníamos previsto surcar un cielo tan denso como este. 


Pero seguimos aquí
entre polvo y cajas, 
entre trámites y burocracia, 
a puro charchazo con la realidad, 
a puro desplazamiento que emplaza
viejas nostalgias a punto de clausurar.


Me sobrecoge pensar que queda poco de esta vida de scotch y dolores de guata.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Casi martes

Me siguen entrando mensajes al celular, quizás debería apagarlo. Pero reviso igual y contesto (porque no sé no cumplir con lo que esperan de mí) la diversidad de mensajes subidos de tono que me llegan desde que reabrí Tinder hace un par de días. Contesto, pero no estoy caliente; digo que lo estoy, pero la verdad es que estoy tan dispersa el último mes que ni siquiera quiero tirar. Y casi siempre quiero tirar, olvidarme de todo una hora (o siete minutos, a veces), abandonarme.

Por qué cresta siempre tengo tanto material pa' hacerme pajas mentales. Es similar a esas veces en las que una parte arrebatadísima y después de una hora masturbándose, el orgasmo está tan lejos que ya se tiene lista la planificación de la semana. Hago planes para hacer planes, siempre así.

Son las 23:49, es casi martes y siguen llegando los mensajes. Debería dormir, pero sólo puedo concentrarme en el sonido seco de tus tacos por el pasillo. Quería que supieras que te pienso.

A veces aún te desentierro

Es parte de crecer
no seguir creyendo
la moraleja de los cuentos,
poder apagar la luz,
no temerle a los muertos.

Jamás se había sentido
tan bien
recorrer el obituario
marcando al número celular de fantasmas,
concretar revolcones en sus propias tumbas.

Porque me perdoné por ti y soy libre
y tampoco creo que haya otra vida
otras vidas
además de esta en la que nuevamente me pego a tu cuerpo
y te hago mierda
mientras miro la panadería
por tu ventana en un tercer piso.

Duermo tranquila.

Touch and go

Por qué nos hacemos sentirnos tan bien
para luego sentirnos tan mal.

El abismo:
mi cuota de catre.

El silencio:
sonido seco de tu puerta
cuando me largo de tu casa.

El vacío:
cuando bajo la escalera
y ya no estoy mojada,
solo estoy sola.

A qué huele tu pelo

Soñé.

Después vino un remordimiento super cristiano,
el trago amargo de la mañana,
el cortafuegos entre mi mano
y el interruptor:
6 AM.

Dejé correr el agua en la ducha
dejé que pasara por donde tus manos
me tantearon,
descubriéndome.
No quería cerrar el grifo
-jamás quiero-
pero (puta la hueá) la cuenta del gas.

Tuve rencor de caminar
(ese vacilar a tientas
en una mañana onírica, casi noche),
porque ya no podía ocultar
la vergüenza de mí misma.
Y es que donde caminase, esa culpa me seguía.

Era la vergüenza de pensar
en frontearme con tus ojos de frente
la que me hacía concha
los dientes de puro miedosa
-ya po', crece-.

Esa era la mirada enterada
-ya lo sé, pa' qué te hacís la hueona-:
sabías lo de anoche,
eso insoportable
entre sentirse culpable y sentirse caliente.

Lo peor de todo el simulacro es que
-haz tus tareas, por favor Ámbar-
ni siquiera sé a qué huele tu pelo.

Complejo de Electra

Si pudiese recapitular
me quedaría con la noche
en la que -por ron, por miedo- fue imposible tirar
y todo terminó con un abrazo
y un beso en la frente
(qué maternal que fui)
en tu frente de niño avergonzado
-no me pidai disculpas, qué lata-
bajo mis ojos mediadores.


Sin embargo,
mordí la manzana
y a ti la paciencia te desquiciaba:
estabas caliente
que (en tu caso) es lo mismo que apurado.
Y esperaste
porque yo quise que lo hicieras.

Pero mordí la manzana
Sebastián,
y me acoplé a tu espalda
esbozando un morse de saliva,
amoldando, ajustándote
a mi tamaño
para quererte.


Y terminé por creer 
que nos entendíamos;
y terminé por creer
que nos queríamos.

Y terminé,
y me terminaste.

Y así es la vida,
los hijos se van de casa.